VOLVER A LO INVISIBLE

Volver a lo invisible,

donde tú y yo no existimos,

los “todavía no”, “aún hay que esperar”.

Los ríos, árboles, cabañas, piedras,

mecen nuestra imagen imaginada.

Las aves cantan una canción inventada,

llamándonos.

Ecos de luces en la noche

dibujan nuestros rostros,

muy lejos de la bóveda terrestre.

Tú y yo no existimos.

Sin embargo, Somos invisibles.

somos la nada.

somos el ayer y el mañana.

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Podemos decir…

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Aguas de turbios sabores,

Tiempo dolido,

Amor que pide más Amor.

Un año que no verán los ojos

inocentes pero marchitos.

Tiempo pasado ya,

por culpa de los filibusteros del miedo.

Tiempo que cortaron como se cortan venas de niño.

Sí: un niño que vi correr semidesnudo,

porque su querido padrastro no soportaba

que el niño en su cama se orinara.

Vi a ese niño, corriendo,

triste, corriendo,

tembloroso, corriendo,

llorando, corriendo,

bajo el invernal frío

de un país llamado Francia.

De repente, ese niño

semidesnudo cayó desplomado.

Su padrastro contaba los metros

que el niño había corrido:

unos doscientos, dijo.

Y allí mismo, el niño perdió su vida.

¿Fué el frío? ¿Fué el miedo?

Un paro cardíaco se lo llevó.

¿Fueron  los golpes en la cabeza, o en la nariz,

que encontraron en el niño muerto, ya en el hospital?

ME PREGUNTO:

¡Me pregunto tantas cosas!

No quiero preguntar más, estoy llena de tristeza.

Un niño que yo quisiera para mí,

un desgraciado lo llevó hacia su muerte.

PODEMOS DECIR MUCHAS COSAS,

pero nuestra palabra no puede inmovilizar el Mal.

¿O sí?

Y la “Vida” sigue.

http://www.estrelladigital.es/articulo/mundo/fallece-nino-despues-ser-castigado-correr-ropa-interior/20170208083753312438.html

Delante de mi mare*

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Cuando escucho Cante Flamenco, muchas veces, con un nudo en la garganta intento exteriorizar el sentimiento que me produce una melodía, una frase, un tono determinado, y me doy cuenta de que me es imposible explicar con palabras dicho sentimiento. Hace un tiempo escuché una seguiriya cuya cadencia me dejó en la más absoluta de las introspecciones que haya sentido nunca. Me transportó a un lugar en el corazón, pero aún así, me era imposible explicar ese arte que embargaba todos mis sentidos. Fue escuchando a La Niña de los Peines; el genio de una voz que deambula por todos los rincones de mi alma, dejándome sorprendida e inmóvil en la inmensidad de la vida. Parecía que, de repente, despertaba de un sueño y me encontraba en medio de una fiesta tardía, con personas que se habían ido ya, con el cansancio de la noche y sus excesos, y no habían podido ser testigos de la última y más maravillosa ofrenda nocturna, aquella que se ofrece sin deseo de maravillar, la que se ofrece cantando porque aquellos cuatro no se quieren ir todavía, bajo el humo condensado de una sala de cante, mientras el café, los cigarrillos y el vino tienen vestigios de haber vivido muchas horas ya.

Aquella voz me sumió en un mundo lleno de misterio: el misterio del alma. Y la canción fue Delante de Mi Mare, donde La Niña de los Peines cantaba con Pepe Pinto lo mejor de su corazón, cuando ya muchos se habían ido a descansar.

Al cabo del tiempo, leí un párrafo en una revista antigua, y ahí pude sentir esas palabras que no podía expresar, y todo el caudal apasionado de sentimientos que no podía transformar en palabras.

Decía así:

 

Mira hondamente la sala, mira como se mira al vacío cuando se está loco de pena o de amor, cuando se piensa en otra
cosa, en una cosa gravísima que turba el corazón. Son largos los solos de esa guitarra que la acompaña. Ella, llena
de importancia,se deja esperar mucho, mucho, y al fin dice la primera queja de su cantar. Es un alarido primero desgarrado, muy desgarrado, casi sin ritmo, pero al que salva una cadencia profunda con que ella lo ordena y lo armoniza de un modo inimitable. Asi se ve que el grito salvaje, desacertado y sincero, era necesario a la belleza del cantar para darle unas entrañas vivas y conmovedoras.

Esto es lo maravilloso, de este flamenco que canta la Niña de los Peines, del verdadero flamenco que es la prosa, el grito desesperado, bronco, cortado, espontáneo, de uns altura inaudita; la salida brusca, la ocurrencia estupenda, convertida en un canto de clavijas apretadas, de medida precisa, de admirable enlace con la música.

Nada más serio que este cante flamenco de La Niña de los Peines y a la vez nada más gracioso cuando ella lo acaba o lo salpica con esos triquitraques de palabras, con esos estribillos arbitrarios y cortados en que se olvida y se burla de su dolor haciéndolo más agudo, en que juega y coquetea con su pena, con su malabarismo admirable de su voz, siempre llena de una sensibilidad sangrienta.

Me será inolvidable como he visto a La Niña de los Peines de litúrgica, de erguida, pestañeando mucho sus ojos, como esas estrellas que titilan nerviosas algunas noches, su boca abierta, negramente abierta y torcida, para dar toda su voz, respirando ávidamente el mucho aire que necesita su cantar. La Niña de los Peines es frente al canto académico el canto libre, que sorprende con matices desconocidos de la voz, con honduras desconocidas del alma ecos misteriosos y combinaciones extrañas de una cadencia áspera a la par que dulce.

CARMEN DE BURGOS (“Colombine”)

La Semana, Madrid. 20/05/1916

Pues sí, Carmen de Burgos, gran escritora, feminista a su manera, y mujer increíble, plasmó en su escrito aquello que yo no podía expresar.

 

*Madre.

Artista

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Estar cansado de caminar, ver parajes lejanos y pensar que se quiere llegar, más no es el momento. Una taza de café espera por ella en su triste casa de alquiler, donde el muchacho que ayer regresó ríe una risa triste que los gatos a veces pueden comprender. Ayer estaba sola, decaída, como muerta, mientras en los arrabales de la ciudad el joven tomaba un autobús en dirección hacia ella, hacia la suerte que un día tuvo y que piensa que puede volver.

Nada más entrar, se percata de la situación: Una llave sobre la mesa, el pincel de siempre con sus cuadros a medio pintar. La llama encendida en el hogar… Y sin embargo un llanto llega desde el fondo del apartamento. Es quizás el preludio de una mala sorpresa, piensa él. Así que se adentra en el umbral y, viendo bajar aquella mirada oscura que le acariciaba las tardes de lluvia en el desván, hacía un año escaso, aquellos ojos que traspasaban todo lo que él podía tocar, estaban sumidos en silencio, mientras él sufría por dentro el vertiginoso pensamiento que lo inducía a adelantarse un poco más.

¿Quién llora así?, pregunta, intentado despreocuparse por la sentencia que escuchará. La mira sin reciprocidad, cubierta la cara de ella por el velo del miedo. El camina despacio, observando las paredes, siempre desnudas, siempre lechosas, que le recuerdan a espejos bañados de escarcha…
Cuando llega a la habitación de sus recuerdos se sorprende al ver a un viejo sentado sobre la cama de edredón nuevo, apoyado sobre sus propias manos, escondiendo lágrimas que no sabe de qué sal están hechas, ni a qué pueden saber.

“Pasaba por aquí”, le espeta al anciano. No sabe quién es. De repente recuerda los dos cuerpos enrollados entre las sábanas. Y su pecho respira hondo, mientras su corazón se enfurece.

Cartas abiertas del destino. Lluvias efímeras de sed interminable. Cantos al oído de un viajero dormido. Así ha pasado la historia de su amor triste.

Y se va, mientras en vano los ojos de ella se izan e imploran atención. Se ha equivocado, pensaba que podría …. que quizá…. Y baja las escaleras tan rápidamente que parece que vuela, bajando, bajando. Interminables peldaños: la tarde de las rosas; el Domingo de los besos; el momento de las risas, aquellas risas mirando por el balcón. Peldaños, más peldaños. Se van aquellos ojos, se pierden en la bruma, en su amargura, y le recibe la calle como una bofetada, el sol repentino es otra bofetada, el claxon impertinente, los niños pidiendo limosna. Es el destino, se dice, se lo dice cien veces mientras cruza aceras rápidamente, y parques y avenidas hasta llegar tan lejos que ya no sabe cómo regresar.

Y mientras, ella retoma, en sus manos, aquel lienzo. Con el pincel de nuevo en las manos, espera. Y el anciano sigue llorando, mientras ella va escuchando el sonido que intenta pintar.

Imagen:  Pastel’s Daughter by Hugh Shurley – © Hugh Shurley/Corbis

Camino (II)

Me he sumido en tus estrellas,

en el polvo del desierto,
viajando sin fin por tus deseos;
caminos olvidados, reencontrados,
en aquellas noches de dunas frías,
de almas cálidas,
tan cálidas como ese corazón que bajo mis pies palpita.
Las gentes seguían mis pasos, mientras los míos luchaban
contra los huecos de la arena,
mis propias dudas,
el eterno enigma de la vida,
andando, sintiendo el viento entrar por mis venas,
susurrándome un canto apenas perceptible.

Te he seguido, camino.
Tus huellas parecían enredarse en muchas voces.
A veces creía que te habías perdido,
camino.

Y mientras unas manos suaves cerraban mis ojos,
yo te veía,
auscultando el pensamiento de mis noches agitadas.
De las sombras inmóviles que yacían hasta la madrugada.

Te seguí, a través de esas dunas suaves, del sol de mediodía,
hasta llegar al mar,
donde la espuma lanzaba sus perlas tan lejos como el faro de otras vidas,
tan lejos que perdí el destino,
recobré mi presente,
y me embriagué de él.

Y ahora te he recorrido,
conociéndote en tu senda que va hacia arriba,
amparándote en la que va hacia abajo,
ese camino mío,
lento, difícil,
ese camino mío…
que es tuyo,
latido de la vida.

 

Imagen: Leave Taking, por Michael Whelan
© Texto propiedad del Autor