DOS MUJERES

Vas a volver, dijo con determinación. Sus dedos, repletos de anillos dorados con incrustaciones de símbolos desconocidos para ella se mostraban como si estuviesen siendo partícipes de una fiesta de carnaval. Dedos gruesos, brillantes por los destellos que fluían en cada uno de los dedos de aquella mujer. Grandes camafeos, runas y jeroglíficos hablaban por su piel, bajo la luna nocturna, donde ecos de voces diferentes seguían a sus dueños, caminando y observando con curiosidad la variedad de objetos que se mostraban en las tiendas montadas para aquella noche singular: la noche del equinoccio, la noche de la alegría, de la esperanza, de los ritos en la playa a modo de moda divertida.

Bajo el bullicio, el humo que desprendían los dulces confeccionados en grandes cazuelas, las risas y las pisadas que apenas se detenían, se encontraban aquellas dos mujeres, frente a frente, sentadas en la penumbra, con una vela y una mesa separando a ambas, ajenas a la vida cansina de aquella noche de paseantes relajados y estrellas fulgurantes.

La mujer que llevaba aquellos anillos singulares parecía estar viajando en el tiempo. La otra se sentía desfallecer. Recordaba haber visto antes a aquella mujer. Pero, ¿dónde? Quizá en la televisión, aunque no estaba muy segura. A lo mejor vive en este pueblo, pensó. A lo mejor es feliz utilizando sus dones en este sencillo lugar, donde solo se le paga la voluntad; quizás se trate de una petición concedida, de una forma de limpiarse de los vicios que su profesión presenta con tanta facilidad….

¿Volver? ¿Se refiere a….

EGIPTO, efectivamente. Volverás a Egipto.

Pero…¿por qué iba a volver?

Allí te esperan. Veo una familia. Una familia espiritual. Hermanos, madre… Se que volverás. Es más, debes volver. El viaje no ha hecho más que empezar…

Entonces vió a los que dejó, a los que había conocido por alguna misteriosa razón. Y, dando las gracias a la adivina, se volvió y comenzó a andar, los ojos llenos de lágrimas.

SABADO

He limpiado las alfombras del apartamento. En el balcón habían tres gatos muy bonitos. Al verme no se han asustado y yo los he dejado estar. El sol brillaba y así ha continuado. Es un día precioso. Mientras seguía limpiando las alfombras los gatos me miraban, observando lo que hacía, curiosos, y me he puesto a pensar en darles nombres, ya que no es la primera vez que los veo. Pero ya que estoy en tierras lejanas, voy a darles nombres exóticos, y así he pensado que, puesto que los animales también tienen su sabiduría, a estos los voy a tratar de sabios. Uno se llamará Ibn Arabi, el otro Khaldoun, y el otro se llamará Ibn Rusd. Los tres son nombres de sabios sufíes. Los gatos escuchan los nombres que les voy dando y me miran todavía con más curiosidad. Luego se echan al sol, tranquilamente, y se pegan una siesta mientras yo sigo limpiando.
Siento una gran felicidad mientras lo arreglo todo, pausadamente, el tiempo va lento esta mañana, y saboreo cada minuto que pasa.
Más tarde iré a visitar a mis amigos, el de la tienda de electrodomésticos, que me ha invitado a cenar a su casa una noche de éstas. También visitaré al de la tienda de ropa alemana. Siempre nos ponemos a hablar, entre cliente y cliente, y así se nos pasan las horas. También veré a Hytham, pero vendrá con otros amigos a recogerme y nos iremos todos hasta las tantas al puerto y a los cafés. Contaremos chistes, nos reiremos mientras sorbemos un café turco. Y el viento del puerto nos acariciará los rostros, esos rostros que deambulan por la noche, brazo con brazo por calles milenarias.

Primer Viaje a Alejandría

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Aquella mañana nos fuimos a visitar el cementerio local. Unos nombres inscritos sobre las lápidas nos llamaron la atención: Azzellini, Menna, Fummo, Piccoli, Sawna, Vita, Laterza, Lombardo, Schiarabah, Armarego…

Nos fuimos adentrando en los jardines donde las fosas todavía estaban vacías, o cubiertas por una capa fina de arena, signo que mostraba que esperaban ser llenadas por difuntos que todavía reían, o soñaban, en compañia de los suyos. Sin saber que nosotros estábamos siendo testigos de sus declives fulminantes o de los largos y terribles males de la vida humana.

Otro nombre que nos llamó la atención fué el de la “Famiglia” P. Capponi, un mausoleo que albergaba una gran cantidad de pinturas, estatuas y… huesos olvidados en un rincón.

El cementerio  estaba distribuido en tres secciones:

a) Cementerio musulmán

b) Cementerio cristiano

c) Cementerio cristiano Ortodoxo

Las tumbas databan del siglo XIX. Pero muchas de ellas se encontraban en mal estado. Muchos apellidos italianos atrajeron nuestra atención, como ya he dicho antes, pero además pudimos ver que en una de las tumbas, medio abierta, se percibían claramente las formas de unos huesos que conformaban el esqueleto de un difunto. Sentíamos que el aire de aquel cementerio tenía cadencias mucho más lejanas que un siglo XIX, como si bajo nuestros pies se albergasen, silenciosas, muchas otras fosas, santuarios, templos, osarios, y quizás lugares que antaño fueron peligrosos páramos donde el viajero pudo temer por su vida (y perderla). Edward me ofrecía su brazo todo el tiempo bajo aquel calor que nos acercaba al verano. Y todo el tiempo se transformó en mi refugio y en oyente de mis especulaciones subjetivas, llevadas por mi naturaleza inquieta y tan pródiga a dar alas a la imaginación.

Se trataba de un gran cementerio, y tras cruzar sus jardines, llegamos a lo que en su día había sido parte de la muralla árabe, y que antes había sido romana. Qué pena darse uno cuenta de que el trazado de las calles Canopis y Soma ya no estaban allí. Habían sido borradas completamente por la historia del hombre.

Pero el hombre también recuerda.

Un hombre, sentado en un banco bajo un sauce que dejaba caer esa sombra fresca tan apaciguadora de los árboles frondosos, nos explicó cómo llegar al Museo Greco Romano. Se trataba de todo un caballero.

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Una Alegría Inesperada

Fotografía Fré Sonneveld

He llegado bastante tarde, cerca de las cuatro y media, y J. no estaba. Me he quedado charlando con una de las chicas de allí, quien me ha comentado lo de la carta de Su Majestad. Yo la había leído y le he respondido a sus preguntas: Si, era una carta de queja; sí, el texto daba para hablar, está muy mal traducido; sí, creo que tiene toda la razón. ¿Y tú crees que eso va a causar una mala imagen? Pues no se, por eso he venido, ya veremos que dice él. Bueno pues no ha venido todavía, no sé dónde está, creo que en una reunión. Pues lo esperaré, no pierdo nada esperandole. ¿Quieres tomar algo, un café? No, no estoy para tomar nada, ya tengo bastante con la rabia que llevo por algunos motivos y necesito verle para arreglar algunas cosas…

No le he dicho que vengo con una blusa que me he tenido que comprar en el último momento, que he venido en autobús desde varios kilómetros. Que al llegar a la ciudad el autobús se dirigía a otro lugar, que no sabía ciertamente su destino y me he bajado en cuanto me he dado cuenta. Que me habían quitado la gran mayoría de mis efectos personales. Para qué voy a contarle todo eso; no tengo que entrar en detalles pero sí voy a intentar hacerle saber que he dejado todo aquello y que tengo algo que hacer aquí, que me lo permita y luego me iré.

He esperado bastante rato, y me he levantado de mi silla. He salido al pasillo y allí estaba, a lo lejos, caminando en dirección a su despacho, cuando alguien le ha parado para comentarle algo. Mientras tanto él se ha percatado de que estaba allí, de pie, con O. hablando en el quicio de la puerta.
Seguramente se ha dado cuenta de que algo me estaba pasando, porque ha comenzado a venir hacia mí, con cara de preocupación. Me ha tomado la mano y ha dicho “Tú lo estás pasando muy mal.”
Claro que sí! Estoy muy enfadada. No te puedes ni imaginar por lo que he pasado, pienso. Estoy muy terca, mi rostro está muy serio, algo que él no había nunca visto en mí.

Por favor, pasa, me dice con acento paternal.

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