Una Alegría Inesperada

Fotografía Fré Sonneveld

He llegado bastante tarde, cerca de las cuatro y media, y J. no estaba. Me he quedado charlando con una de las chicas de allí, quien me ha comentado lo de la carta de Su Majestad. Yo la había leído y le he respondido a sus preguntas: Si, era una carta de queja; sí, el texto daba para hablar, está muy mal traducido; sí, creo que tiene toda la razón. ¿Y tú crees que eso va a causar una mala imagen? Pues no se, por eso he venido, ya veremos que dice él. Bueno pues no ha venido todavía, no sé dónde está, creo que en una reunión. Pues lo esperaré, no pierdo nada esperandole. ¿Quieres tomar algo, un café? No, no estoy para tomar nada, ya tengo bastante con la rabia que llevo por algunos motivos y necesito verle para arreglar algunas cosas…

No le he dicho que vengo con una blusa que me he tenido que comprar en el último momento, que he venido en autobús desde varios kilómetros. Que al llegar a la ciudad el autobús se dirigía a otro lugar, que no sabía ciertamente su destino y me he bajado en cuanto me he dado cuenta. Que me habían quitado la gran mayoría de mis efectos personales. Para qué voy a contarle todo eso; no tengo que entrar en detalles pero sí voy a intentar hacerle saber que he dejado todo aquello y que tengo algo que hacer aquí, que me lo permita y luego me iré.

He esperado bastante rato, y me he levantado de mi silla. He salido al pasillo y allí estaba, a lo lejos, caminando en dirección a su despacho, cuando alguien le ha parado para comentarle algo. Mientras tanto él se ha percatado de que estaba allí, de pie, con O. hablando en el quicio de la puerta.
Seguramente se ha dado cuenta de que algo me estaba pasando, porque ha comenzado a venir hacia mí, con cara de preocupación. Me ha tomado la mano y ha dicho “Tú lo estás pasando muy mal.”
Claro que sí! Estoy muy enfadada. No te puedes ni imaginar por lo que he pasado, pienso. Estoy muy terca, mi rostro está muy serio, algo que él no había nunca visto en mí.

Por favor, pasa, me dice con acento paternal.

Así que he entrado en su doble despacho. Doble porque cuando uno entra en el despacho de J. ve que al final hay otra puerta, la de “su” querido despacho, hermoso lugar repleto de libros, de obras de arte, de muebles de caoba.
Sin embargo, otras veces me sentaba a gusto, charlaba con sonrisas, completamente feliz. Ahora se ve que estoy enfadada. La responsable de la sección de relaciones públicas tiene algo muy urgente que hablar con él. Saca páginas de una carpeta, fotografías. Y habla deprisa, mientras yo estoy sentada a su izquierda, en un taburete alto, esperando ceñuda.
Mientras ella le hablaba él me iba haciendo preguntas de vez en cuando, lo que a ella parecía que no le agradaba. ¿Quieres tomar algo? No, gracias. Y ella sigue hablando. ¿Un té? No, gracias, estoy bien así. Y ella vuelve a retomar el diálogo, quizá pensando que le encantaría que me largara ahora mismo de ese despacho.
La ha vuelto a interrumpir, para decirme: ¿…Y una limonada? ¿Ni siquiera una limonada?
Pero qué le ocurre a J., no ves que estoy diciendo que no, por qué insistes….!
Pero le digo, pues vale, de acuerdo, de acuerdo… tomaré una limonada. Es que sinó me seguiría preguntando que si refresco, que si naranjada, que si zumo de papaya o qué sé yo.
Y él ha hecho esa cara de satisfacción. Que si que toma algo, pobrecilla, qué le estará ocurriendo…
Al final se ha ido la mujer, y creo que le hubiese gustado decirme que la importunaba. Pero al cerrar J la puerta he sacado todo lo que llevaba dentro, lo que me ha ocurrido, lo harta que estoy, el palo que que ha sido tener que darme cuenta de lo hipócritas que habían sido algunas personas…

Estaba harta y todo eso me ha hecho hablarle sin remilgos, directamente e incluso he pegado un manotazo sobre su mesa. Oh, la mesa de caoba, qué estoy haciendo, qué impulsiva soy. Pero no me ha dicho nada, me miraba interesado en todo cuanto le explicaba. Así que quiero hacer lo que tengo que hacer y luego me iré, pero por lo menos me gustaría que esa carta fuese cambiada por otra llena de sinceros halagos y eso es lo que me propongo: cambiar los textos, todos ellos, hacer una correción que no sé cuánto tiempo me va a llevar, espero que antes de la inauguración esté hecho, esta es mi meta. Necesito que este lugar sea bien considerado, que nada manche la imagen de esta institución. Lo que quiero hacer no lo quiero hacer por mí, sino por este lugar. He hablado durante minutos, mientras él me escuchaba. Sobre mi regazo estaba el libro que me compré hace semanas en una antigua librería francesa. El lo mira, me pide si se lo puedo dejar ver, se lo entrego y el lo hojea. Sin saberlo estoy llevando un libro que trata de de uno de los personajes históricos que más le fascinan.
Lo que ha hecho a continuación ha sido bastante rápido. Su secretaria ha entrado y él se ha levantado, diciendo que le esperase un momento. Mientras, ella me comentaba que se va a casar. Mira, me dice, ¿te gusta el anillo de prometida? La verdad es que es bonito, sí, y espero algo que no tengo idea de lo que es. J tarda en venir, así que su secretaria y yo nos quedamos charlando.

Y ha vuelto, con un rostro resoluto, directo, determinado.
Mañana comienzas a trabajar aquí, me ha dicho. ¿Cómo? Pero si yo no he pedido eso, simplemente arreglar lo que está mal, corregir unos textos para intentar salvar el prestigio de un trabajo hecho por M., savarle el pellejo a él, a su jefe y a la institución. Bueno, por lo menos intentarlo, intentarlo siempre. Pero no esperaba esta oferta de trabajo. Qué voy a hacer ahora, tengo que hacer tantas cosas. Tengo que llamar a F y decírselo. Sé que le va a sentar fatal. El desea que deje esta ciudad lo antes posible, desea que volvamos a estar juntos. Le va a sentar muy mal. Tengo que decirle a A. que no podré seguir yendo a darles clase a los alumnos por las tardes.
Pero yo estoy como en las nubes, flotando por esa intempestiva sorpresa.

Gracias, le digo, no esperaba esto.

No me des las gracias a mí, me ha contestado; dáselas al personaje del libro.

Me alegra que confíe en mi.

Y al llegar a mi barrio el señor de la tienda de comestibles me ha regalado un despertador de Nescafé.

Seguía sintiendo esa sensación de estar flotando. No por el trabajo en sí, sino por el lugar donde voy a estar cada día, repasando lo que M. ha escrito, esos escritos que han sido la causa de que la esposa del presidente recibiese dicha carta.
El lugar donde a partir de mañana trabajaré es un templo de sabiduría, o por lo menos eso es lo que todos intentan que sea. Tengo dos meses para corregir los textos. Faltan dos meses escasos para la inauguración.

Y acabo de escribir esto en mi cuaderno de notas, un colofón a este día bastante agitado, lleno de sorpresas:

Podría decir tantas cosas, pero nada llega a mi mente, sólo a mi espíritu; y ¿qué palabra podría explicar lo que ahora mismo siento?
Quizás lo único que puedo decir es que siento que he cruzado el tiempo, que no estoy en ninguna clase de tiempo. Siento que estoy en un lugar sin tiempo, donde todo está tranquilo y, sin embargo, con sonidos y movimientos que no cesan. Esto no lo he hecho yo sola, algo ha tocado el corazón de varias personas y quién sabe si algún que otro angel estuvo implicado en ello…
Si una vez estuve en ese lugar, hoy estoy de nuevo allí. Mis pasos eran cuidadosos, intuitivos, y ahora siento que mi cuerpo me aprisiona, tan exaltada estoy a causa de mi alma en movimiento.

 

78c8dff1 (1)
Juskteez Vu

 

 

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