VOLVER A LO INVISIBLE

Volver a lo invisible,

donde tú y yo no existimos,

los “todavía no”, “aún hay que esperar”.

Los ríos, árboles, cabañas, piedras,

mecen nuestra imagen imaginada.

Las aves cantan una canción inventada,

llamándonos.

Ecos de luces en la noche

dibujan nuestros rostros,

muy lejos de la bóveda terrestre.

Tú y yo no existimos.

Sin embargo, Somos invisibles.

somos la nada.

somos el ayer y el mañana.

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Delante de mi mare*

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Cuando escucho Cante Flamenco, muchas veces, con un nudo en la garganta intento exteriorizar el sentimiento que me produce una melodía, una frase, un tono determinado, y me doy cuenta de que me es imposible explicar con palabras dicho sentimiento. Hace un tiempo escuché una seguiriya cuya cadencia me dejó en la más absoluta de las introspecciones que haya sentido nunca. Me transportó a un lugar en el corazón, pero aún así, me era imposible explicar ese arte que embargaba todos mis sentidos. Fue escuchando a La Niña de los Peines; el genio de una voz que deambula por todos los rincones de mi alma, dejándome sorprendida e inmóvil en la inmensidad de la vida. Parecía que, de repente, despertaba de un sueño y me encontraba en medio de una fiesta tardía, con personas que se habían ido ya, con el cansancio de la noche y sus excesos, y no habían podido ser testigos de la última y más maravillosa ofrenda nocturna, aquella que se ofrece sin deseo de maravillar, la que se ofrece cantando porque aquellos cuatro no se quieren ir todavía, bajo el humo condensado de una sala de cante, mientras el café, los cigarrillos y el vino tienen vestigios de haber vivido muchas horas ya.

Aquella voz me sumió en un mundo lleno de misterio: el misterio del alma. Y la canción fue Delante de Mi Mare, donde La Niña de los Peines cantaba con Pepe Pinto lo mejor de su corazón, cuando ya muchos se habían ido a descansar.

Al cabo del tiempo, leí un párrafo en una revista antigua, y ahí pude sentir esas palabras que no podía expresar, y todo el caudal apasionado de sentimientos que no podía transformar en palabras.

Decía así:

 

Mira hondamente la sala, mira como se mira al vacío cuando se está loco de pena o de amor, cuando se piensa en otra
cosa, en una cosa gravísima que turba el corazón. Son largos los solos de esa guitarra que la acompaña. Ella, llena
de importancia,se deja esperar mucho, mucho, y al fin dice la primera queja de su cantar. Es un alarido primero desgarrado, muy desgarrado, casi sin ritmo, pero al que salva una cadencia profunda con que ella lo ordena y lo armoniza de un modo inimitable. Asi se ve que el grito salvaje, desacertado y sincero, era necesario a la belleza del cantar para darle unas entrañas vivas y conmovedoras.

Esto es lo maravilloso, de este flamenco que canta la Niña de los Peines, del verdadero flamenco que es la prosa, el grito desesperado, bronco, cortado, espontáneo, de uns altura inaudita; la salida brusca, la ocurrencia estupenda, convertida en un canto de clavijas apretadas, de medida precisa, de admirable enlace con la música.

Nada más serio que este cante flamenco de La Niña de los Peines y a la vez nada más gracioso cuando ella lo acaba o lo salpica con esos triquitraques de palabras, con esos estribillos arbitrarios y cortados en que se olvida y se burla de su dolor haciéndolo más agudo, en que juega y coquetea con su pena, con su malabarismo admirable de su voz, siempre llena de una sensibilidad sangrienta.

Me será inolvidable como he visto a La Niña de los Peines de litúrgica, de erguida, pestañeando mucho sus ojos, como esas estrellas que titilan nerviosas algunas noches, su boca abierta, negramente abierta y torcida, para dar toda su voz, respirando ávidamente el mucho aire que necesita su cantar. La Niña de los Peines es frente al canto académico el canto libre, que sorprende con matices desconocidos de la voz, con honduras desconocidas del alma ecos misteriosos y combinaciones extrañas de una cadencia áspera a la par que dulce.

CARMEN DE BURGOS (“Colombine”)

La Semana, Madrid. 20/05/1916

Pues sí, Carmen de Burgos, gran escritora, feminista a su manera, y mujer increíble, plasmó en su escrito aquello que yo no podía expresar.

 

*Madre.

Camino (II)

Me he sumido en tus estrellas,

en el polvo del desierto,
viajando sin fin por tus deseos;
caminos olvidados, reencontrados,
en aquellas noches de dunas frías,
de almas cálidas,
tan cálidas como ese corazón que bajo mis pies palpita.
Las gentes seguían mis pasos, mientras los míos luchaban
contra los huecos de la arena,
mis propias dudas,
el eterno enigma de la vida,
andando, sintiendo el viento entrar por mis venas,
susurrándome un canto apenas perceptible.

Te he seguido, camino.
Tus huellas parecían enredarse en muchas voces.
A veces creía que te habías perdido,
camino.

Y mientras unas manos suaves cerraban mis ojos,
yo te veía,
auscultando el pensamiento de mis noches agitadas.
De las sombras inmóviles que yacían hasta la madrugada.

Te seguí, a través de esas dunas suaves, del sol de mediodía,
hasta llegar al mar,
donde la espuma lanzaba sus perlas tan lejos como el faro de otras vidas,
tan lejos que perdí el destino,
recobré mi presente,
y me embriagué de él.

Y ahora te he recorrido,
conociéndote en tu senda que va hacia arriba,
amparándote en la que va hacia abajo,
ese camino mío,
lento, difícil,
ese camino mío…
que es tuyo,
latido de la vida.

 

Imagen: Leave Taking, por Michael Whelan
© Texto propiedad del Autor

SORPRESAS

(Scroll down for English)

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Una sorpresa,

Tu nombre me envía una misiva.

Una invitación sorpresiva.

Tristemente,

no podré asisitir.

Pero no muero, pues tus palabras

me hacen vivir.

Saber que, desde lejos,

me escribes, envías peticiones

por estas lides….

Y ya ves que te respondo,

con un no rotundo, que suena a triste lamento

como aquella vez, cuando me fuí, y el viento

besó mis lágrimas.

Quizás hoy todo haya cambiado,

esa fotografía en la que ambos aparecemos

de niños, donde los dos sabemos

la deuda que hemos contraído.

Protegernos, cuidarnos,

tal vez amarnos de nuevo,

tal vez comenzar, como en un sueño

de magia malabar.

No podré verte,

ni sentir tus manos, al escribir

ni podré ver tus ojos, ni sentir

que el odio se tornó hace tiempo

en dulce recuerdo.

Pronto sabrás de mí,

sabrás que siempre me tuviste,

que se acabó el tiempo triste

tuyo, mio, del destino.

El juramento lleva un corazón

que rige el diapasón

de nuestra eternidad.

Imagen: Las Zapatillas Rojas (1948)

Texto: ©ConMuchoGarbo.wordpress.com

A surprise, Your name sent me a letter. A surprise invitation. Sadly, I can not attend. But I do not die, for your words make me live. Knowing that, from afar, you write to me, you send requests to this side of the world … And you see that I answer you, with a resounding no, that sounds like a sad lament like that time when I went away, the wind kissing my tears. Perhaps today everything has changed, that picture in which we both children, we appear, where we both know the debt we contracted. To Protect, to take care of each other, maybe to fall in love again with each other, maybe to start anew, as in a dream of Malabar magic. I won’t be able to see nor feel your hands writing, I won’t see your eyes, or feel that the hatred that we felt a long time ago transformed into a sweet memory. Soon you will know about me, you will know that you always had me, that this sad time of yours, of mine, of destiny, is over. The oath carries a heart that governs the pitch of our eternity. Image: The Red Shoes (1948) Text: © ConMuchoGarbo.wordpress.com

Vuelven a Danzar …

(Poema Idílico)

 

Vuelven a danzar las aves

del aire

de tu vida.

En un vaivén de duda,

finalmente se posan

sobre mi mano.

Recorren sus alas el ritmo de mi respiración,

y lo aumentan,

y lo calman,

todo a la vez.

Luego,

recorren el camino de mi vida,

hasta mi corazón.

Y allí tejen un nuevo nido,

y allí limpian las esferas incandescentes del dolor.

Un dolor que necesita tus labios

pronunciando ecos lejanos de dicha,

aquella dicha que vivimos un segundo,

un instante,

mezcla de eternidades compartidas,

de risas y lamentos,

de silencios y diálogos.

Vienen las aves de primavera

a posarse en mis cabellos recién lavados,

y aún el sol les indica, con sus destellos,

el camino directo hacia mi oración: mis ojos, mi boca y luego mi alma,

desnudos ante las aves del paraíso,

que nunca recorrieron el terrenal,

sino aquél que anida mucho más allá,

en Nuestro Secreto.

Texto: ©ConMuchoGarbo.wordpress.com

Imagen: A Throw of Dice, 1929