LA CARTA

Había dejado hacía ya mucho la casa familiar y se instaló en la gran ciudad, donde fue cambiando de trabajo a medida que sus posibilidades y sus contactos se iban incrementando. Desde que se fue hacía ya cuatro años, no había escrito carta alguna a sus padres; no les hizo saber cómo se encontraba, en qué lugares iba viviendo, cómo le iban las mudanzas, quién le ayudaba a cargar con los bártulos… Simplemente dejó de pensar en ellos con añoranza, y se dedicó a comenzar una nueva vida, a enfrentarla con todas sus posibilidades, a ganarse un sueldo que la ayudara a inscribirse en una escuela nocturna donde aprender a valerse más por sí misma: secretariado, corte y confección, cerámica; y luego fueron estudios más superiores, hasta que llegó a pensar en realizar una carrera universitaria. A ella le gustaba el Arte, por lo que al final se vio estudiando restauración de muebles antiguos, mientras por las mañanas trabajaba en una zapatería en el centro de la ciudad. Muchas veces compraba zapatos que venían en la nueva
temporada, y acudía a los cafés elegantes con amigas de diferentes sitios que ella frecuentaba, incluso con clientas con las cuales congeniaba.

Una tarde, a la salida de un teatro, hizo amistad con un joven el cual le recordó mucho a alguien que había conocido cuando era pequeña, durante un viaje con sus padres a una ciudad tras- las montañas de la aldea. El parecido la subyugó, y, tras salir con él a exposiciones de arte, a mercados de arte (él era un aficionado apasionado, y eso los había unido), le preguntó si había visitado alguna vez aquella ciudad. Sin embargo, hacía tan sólo tres años que él había vuelto al país, desde que a los cinco años su padre se trasladase a Francia. Pero no decía más. A ella le entraba curiosidad, quería saber más de aquel hombre atractivo que la acompañaba a tantos lugares, que la respetaba y la mimaba al mismo tiempo. Pero poco a poco fue conociendo algunos detalles más sobre él, como que había estudiado en diferentes escuelas, había viajado al Medio Oriente, había conocido culturas muy diferentes, y ella simplemente le contaba la vida aburrida de la aldea que había dejado atrás. Le habló de sus padres, le dijo que no escribía nunca, y él escuchaba en silencio, como si mentalmente tomase nota de todo ello. Y luego la llevaba a un café céntrico, donde los transeúntes caminaban con sus prisas, ajenos a las miradas idílicas que los dos se iban dedicando entre tazas de café humeante y cigarrillos quemados, olvidados en un cenicero de cristal, tan absortos se encontraban en sus diálogos sobre arte, sobre historia, sobre belleza…

Un día ella se encontraba trabajando en un salón de anticuario, tomando nota del compuesto químico de una mesa del siglo diecisiete, cuando se presentó el joven y le dijo que la esperaba, pues deseaba darle a conocer una noticia. Cuando salieron del lugar, él se veía entusiasmado, con una alegría reprimida, y ella esperó tranquilamente a que sus ojos se posaran en los suyos. La llevó a un barrio desconocido para ella, donde las tiendas se veían como escaparates de las películas que veían juntos en el cine muchas tardes. Pasaban carruajes de caballos oscuros, con chóferes de levita, y autos elegantes que ella siempre había adorado poseer algún día. La acompañó tomándola de la mano hasta llegar a una mansión protegida por una verja oscura, con dibujos sinuosos y, más allá, un campo frondoso que apenas dejaba ver la estructura de la misma. Allí, de pie y junto a la verja, le confesó a la muchacha que la amaba, y ella sonrió y le dijo que ella también lo amaba. ¿Desde cuándo?, preguntó el joven. Desde hace mucho, mucho. Y él la tomó en sus brazos y la besó, diciéndole que desde siempre la había amado. Ella se sintió feliz, pues había encontrado el amor, algo que había leído tantas veces en libros, que había visto tantas veces en cuadros, y en sus conversaciones con amigas. Enseguida se imaginó a sí misma viviendo con aquel joven, cómo sería su vida, dónde vivirían, cómo pasarían los domingos, y tantas cuestiones más.

Su sorpresa aumentó al percatarse de que la casa era la mismísima residencia del joven. El la invitó a pasar y le dijo que su padre estaba esperando. Ella se sintió de repente asustada, estaba entrando en un mundo casi inalcanzable. Sin haberlo buscado, sin haber intentado ir a la caza de un hombre rico, había llegado a la vida de alguien que la amaba y que la colmaría de tranquilidad. Pero al entrar en la casa, el criado la sonrió y los invitó a entrar en la sala principal. Allí el fuego ardía y un hombre entrado en años, sentado tras una gran mesa les hizo sentar. El joven le dio un beso y ella esperó, sentada, mirando alrededor toda aquella belleza en madera de caoba, aquellos cuadros que había visto en catálogos. Y al mirar a aquel hombre, sintió algo que, no sabía por qué, le recordaba a su casa, el hogar, sus padres. El hombre irguió el rostro, la miró y sonrió levemente. Era un hombre muy elegante, con sus cabellos perfectamente peinados hacia atrás, de un tono castaño más claro que su hijo. Se sintió protegida, y él dio comienzo a sus metódicamente pensadas palabras, para que ella no se sintiera incómoda o demasiado sorprendida.

Soy el Conde Laszlo. Mi hijo me ha pedido que acepte que se case contigo. Por supuesto, estoy de acuerdo.

Esas palabras, ella nunca las olvidaría. Pensó en sus padres, en escribirles, decirles en qué situación se encontraba, su próxima boda con el hijo de un conde. No podía pensar en cómo comenzar aquella carta.

Y es que, sin darse cuenta, había dejado un silencio todos aquellos años, inconscientemente, para darles una noticia alegre, una noticia exitosa, algo que ellos nunca hubiesen podido imaginar.

Hoy ella está en un local comprado por el Conde Laszlo, un local antiguo, cuyo suelo de parquet está siendo levantado por albañiles diestros, para instalar uno nuevo, brillante y oloroso, sobre el cual sus pies caminarán en vaivén relajado, con ecos de sus pasos de zapato de tacón, en ese local que se convierte en Galería de Arte. La Galería de Arte Laszlo.

(Este fue un sueño que tuve hace un tiempo. El joven se parecía a Roman Polanski cuando era muy joven y el Conde Laszlo por supuesto era Ralph Fiennes. Pero aquí incluyo una fotografía del día de la boda del verdadero Conde Laszlo)

 

LASZ

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POLANSKI

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13 thoughts on “LA CARTA

  1. Lindo relato, se lo comenté a mi esposo que dejó todo en Inglaterra para emprender una nueva vida en Perú y encontrar el amor a mi lado, sintió que tu relato hablaba de él. Me encantó la primera foto Antigua, está linda. Ralph Fiennes siempre guapo en la foto que incluyes y en la última foto puedo reconocer a Hugh Hefner y la única mujer con la que mantuvo una larga relación (sin casarse), Barbi Benton, y que aún siguen viéndose. Te felicito por tu bien logrado relato. Besos amiga

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    1. Querida amiga, es una gran y grata sorpresa para mi saber estas cosas. Uno puede o no muy bien comprender por qué describe tal o cual relato. Sin embargo cuando tiene sentido para otras personas es más que simplemente un sueño si es capaz de evocar sensaciones y recuerdos. Un fuerte abrazo😘😊

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