La Casa

La casa había sído vendida a un corredor de bolsa extranjero.

María había recogido las últimas cajas de cartón, repletas de viejas fotografías y postales que la familia Duvard había ido recibiendo a lo largo de su historia en aquel lugar frente a un mar bravío y con tantos recuerdos.

Las estancias se hallaban todas sumidas en la oscuridad, excepto la habitación de ella, que antes había sido ocupada por su madre y antes de ella por su abuela, e incluso mucho antes por su bisabuela Isaura. Con el transcurrir del tiempo se habían hecho arreglos, algunos más importantes que otros, en aquella habitación, como en otras áreas de la mansión. Pero María observaba cuántas cosas pertenecían ya a un pasado lejano: El mural con motivos florales del siglo XIX no había sido sustituido. Como tampoco el cabezal de la cama de madera de olmo, con orlas y relieves trabajados por un diestro artista de Italia, quien había sido pagado para realizar también los cabezales de las camas de matrimonio y las puertas de entrada en un gran número de habitaciones. Don Edelmiro había prometido a Isaura, según contaba la leyenda, un hogar perfecto para una princesa. E Isaura le contestó que sin el trabajo del artista Bellini, ella no pondría los pies en aquel lugar, pues había visto en planchas de revistas de decoración unas bellísimas filigranas y se había enamorado de ellas.


Don Edelmiro buscó al tal Bellini a través de sus contactos con el Ministerio del Exterior y por fin trajo a aquel artista que resultó ser un joven muy apuesto. Al principio Don Edelmiro creyó que se trataba de un hijo, quizás artista también. Pero él lo negó, alegando que su padre había dedicado toda su vida a ser pastor de ovejas y que él se había ido de la miseria en busca de una vida diferente, donde poder dar vida a sus deseos de ser artista.
Trabajó incansablemente en cuantos planes tenía Isaura. Ambos simpatizaron enseguida y él la escuchaba con infinita paciencia, pues Isaura era muy antojadiza en sus deseos y tan pronto se imaginaba un salón comedor con cuatro columnas de madera de ébano y filigranas grabadas con motivos románticos, como se desprendía de tal idea con total naturalidad, pasando a decidirse en vez de eso por un mural de madera sobre la pared derecha de dicho salón, con motivos alegóricos de las estaciones del año.

Por fin, Bellini terminó todo aquel trabajo, pero durante el mismo compartió dichas y desdichas que ocurrían en aquella casa. A veces estaba presente en las discusiones que se propiciaban entre ella y su marido, y él siempre trataba de calmarla, y le decía, mientras el esposo se iba furioso, que no le diera importancia, ya que ella, por mucho que él se empeñase, siempre llevaba la razón.
Aquello le procuraba a Isaura una tranquilidad de ánimo, pues siempre tenía un aliado en quien confiar sus pueriles penas. Y así, Bellini, después de terminado su trabajo en la mansión, se quedó casi dos años en la casa en calidad de amigo y casi confesor de Isaura. Como Don Edelmiro pasaba la mayor parte del día fuera de casa, Isaura y Bellini pasaban grandes ratos juntos, jugando a las cartas, paseando por diferentes estancias de la mansión, sobretodo en la biblioteca, cuyos volúmenes de gran valor disfrutaban en las tardes de fría lluvia.
A Don Edelmiro, aunque le costaba aceptar dejar a otro hombre con su mujer, en el fondo le tranquilizaba la idea de que al volver a casa, siempre vería a su esposa con una sonrisa en su precioso rostro, y eso no tenía precio, pues creía él que si no hubiese sido por el italiano, su matrimonio habría fracasado a los cuatro días. Isaura, de una belleza encantadora y un poco aniñada se comportaba como una chiquilla en muchas ocasiones. Era ociosa y caprichosa. Estaba acostumbrada a hacer lo que que le venía en gana desde niña y nadie en su familia hizo nunca nada por cambiar aquella actitud, ya que ésta embelesaba a su padre y era ignorada al tiempo por su madre.

María se quedó un buen rato observando los viejos retratos de familia, especialmente aquellos en los que aparecía su bisabuela Isaura. Y se fijó más especialmente en uno en el que se veía a Isaura, tomando la mano de su esposo a su derecha, y sonriendo directamente a Bellini, a su izquierda. Este mostraba un bigote fino y bien cuidado, un sombrero oscuro y un monóculo. Los dos hombres estaban de pie en aquella fotografía, Isaura sentada en una hermosa butaca y sus mano izquierda reposando tranquilamene sobre el regazo.

María debía irse pronto, pues el nuevo propietario estaría al llegar y no quería verlo. Para ella, aquel hombre representaba la muerte de la casa, de todos los recuerdos y vivencias, de toda una saga familiar, y sobretodo, de un día fatídico en el cual el padre de María, nieto directo de Isaura, había perdido en el juego aquella casa magnífica frente al mar, con inmensas habitaciones y tantos objetos que ahora ya no estaban ni estarían nunca más.

Pasando la mano por el cuidado trabajo de Bellini en el cabezal de su cama, Maria acariciaba aquellas filigranas y quiso entonces saber algo que nunca antes había siquiera pensado. La firma de Bellini no aparecía por ninguna parte. Y sin embargo debía de exisitir algo, algún símbolo que sellase su dedicada labor. Como nada vió, se le ocurrió mover el cabezal hacia adelante y mirar detrás de éste, en la parte trasera de la madera. Era una lámina fina y todavía brillante, sin ningún dibujo, pero la madera era tan noble que a pesar de los años todavía olía, aquel aroma acre de resinas que ella ya no olería en su apartamento pequeño de la ciudad.
Acariciando la brillantez del olmo trabajado reparó en que en una de las esquinas había un minúsculo agujero, como del tamaño de un botón de margarita. Se acercó y observó que había algo allí dentro. Con sus manos ansiosas sobre sus cabellos se desprendió de un fino pasador y lo introdujo adentro. Lo que de allí sacó la dejó sin habla pero con una sonrisa. Una sonrisa que cada vez que en sus recuerdos volviese a evocar aquella casa, volvería a aparecer una y otra vez.
En forma de rollo finísimo, había una nota que ella abrió cuidadosamente, para evitar romperla, quebrarla, pues los años podrían haber deshidratado el papel.

Se trataba de una nota pequeña, escrita con pluma fina y letras muy legibles pero que desde luego había sido leída muchas veces, visto el estado del papel. Alguien lo había guardado allí siempre. Era un secreto.

Leyó:

“Vida mía, esta noche me has dado la mayor alegría de mi vida. Ya sé ahora que mi hijo será artista, ya sé ahora que mi nombre no pasará en vano, que la sangre de mi sangre crecerá en un lugar donde se le posibilitará el poder desarrollar sus aptitudes artísticas. Deberé renunciar a él como hijo, pero siempre te tendré a ti como su madre.
Quiero que se llame César, como mi padre. Convéncelos a todos. No sé, di que es tu héroe favorito, que está en escritos que te gustan.
Convéncelos, amor mío. Gracias por este regalo de amor.

Tuyo,

A. B.”

Armando Bellini, pensó Isaura, con un gran desconcierto. Su abuelo, Don César era pues artista, si, claro, un gran artista arquitecto, quien había sido responsable de los cambios en la distribución de la casa así como del inmenso invernadero. María sonrió, guardó la nota en una de las cajas y se fue triunfante, pues se había llevado el último vestigio de la casa que la vio nacer.

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Imagen de cabecera: Eolo

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11 thoughts on “La Casa

  1. Qué linda historia, Carmen, me ha hecho transportarme mentalmente a la escena donde todo sucedió y hasta casi puedo decir que sentí también el olor de esa madera, que en un pedazo tan diminuto de papel, encierra ese gran amor. Las casas en algún momento se venden pero quedan en ellas las vivencias, las alegrías y tristezas, los amores y las pasiones, los odios quizás,

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    1. Gracias Patricia, me alegra saber que te gustó, y más siendo tú tan enamorada de todo lo antiguo, así como yo 🙂 Te agradezco tu comentario, ese olor a madera se nota en los vetustos muebles, es increíble, a pesar del tiempo, cuando abres un armario antiguo y surge ese aroma a ébano, o en mi caso tantas veces el de caoba. Como le dije a Gabi, estaba pensando en una escena de una película hipotética, y ese instante lo quise escribir. Besos y nos leemos xoxo

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    1. Querida Bárbara, Gracias por estas palabras tuyas. Me alegra mucho saber que te ha gustado el texto. Viajar a otro tiempo evocando un aroma siempre puede ser más fácil para quien lo lee, creo. Muchos Abrazos para tí también y feliz semana!

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